Cuando comer sano se vuelve insano
¿Dónde está el límite de la "alimentación saludable" y cómo puede afectar a la salud mental?
6/10/20264 min read
Vivimos en la era del wellness. Las redes sociales están inundadas de recetas con ingredientes exóticos, contadores de nutrientes y recordatorios constantes de que somos lo que comemos. Cuidarse está de moda y, en principio, eso es una excelente noticia.
Sin embargo, en la consulta nos encontramos a menudo la otra cara de la moneda, y es que existe una línea muy delgada y peligrosamente invisible que separa el autocuidado consciente de la obsesión patológica. Entonces cabe preguntarse: ¿en qué momento un hábito saludable se transforma en un problema de salud mental?
El paso de la flexibilidad a la rigidez como detonante
Para entender esta transición, desde la psicología no miramos tanto qué hay en el plato, sino cómo procesa la mente esa elección. Una de las claves más relevantes reside en el concepto clínico de rigidez cognitiva, que nos ayuda a diferenciar el hábito saludable del problema psicológico.
Por un lado, generalmente el hábito saludable es flexible y adaptativo. Si un día no hay opciones "saludables" para comer, la persona experimenta una ligera incomodidad o simplemente se adapta a las circunstancias sin mayor drama; por ejemplo, si tu objetivo es comer sano, pero un sábado vas al cumpleaños de tu mejor amigo y solo hay pizza, te la comes, disfrutas de la compañía y al día siguiente retomas tu rutina, sin que ello suponga un problema para ti. En definitiva, tu bienestar emocional no se tambalea.
Por el contrario, cuando existe algún problema psicológico, la persona no se permite margen de error: el síntoma es rígido y desadaptativo. La norma dietética se convierte en una ley inquebrantable, de modo que ante la mínima desviación de lo que la persona considera "correcto" no aparece solo una ligera molestia, sino que se desencadena un malestar profundo y desproporcionado, pudiendo surgir ansiedad, culpa o incluso una necesidad imperiosa de castigo o compensación, como ayunar al día siguiente o machacarse en el gimnasio.
Lo más complejo de esta cuestión es que, en la mayoría de las ocasiones, el paso del primer punto al segundo es prácticamente imperceptible para la persona. Al principio, la persona no ve su obsesión como un problema, sino como una virtud: siente que tiene unos buenos hábitos, una gran fuerza de voluntad o que solo está cuidándose como es debido, lo que dificulta enormemente que pida ayuda hasta que el desgaste emocional es insostenible.
¿Esto se “diagnostica”?
Aunque el DSM-5 (el manual diagnóstico de referencia) aún no la recoge de forma independiente, en la práctica clínica utilizamos cada vez más el término ortorexia para describir la obsesión patológica por la comida sana.
A diferencia de la anorexia o la bulimia, donde el foco principal suele ser el peso, la silueta o la cantidad de comida, en la ortorexia el núcleo de la obsesión es la calidad y la pureza. La persona puede pasar horas planificando el menú, analizando etiquetas y descartando grupos enteros de alimentos por miedo a que estén "contaminados" por pesticidas, azúcares o grasas trans.
El gran peligro de la ortorexia es que cuenta con el aplauso social. Si alguien decide no comer durante tres días, su entorno salta las alarmas, pero si alguien rechaza sistemáticamente comer cualquier tipo de dulce o de ultraprocesado, la sociedad suele etiquetarlo como alguien "muy comprometido con su salud". Este tipo de comportamientos sociales dificulta la toma de conciencia y la búsqueda de soluciones cuando existe un problema de base.
Señales para identificar cuando el hábito se ha vuelto un problema
Si estás leyendo esto y tienes dudas sobre dónde te encuentras, intenta responder a estas preguntas desde la honestidad:
¿Aislamiento social?: ¿has empezado a rechazar planes sociales (cenas, viajes, comidas familiares) porque no puedes controlar al 100% los ingredientes de los platos?
¿Carga cognitiva excesiva?: ¿pasas varias horas al día pensando en la comida, planificando el menú o sintiendo ansiedad por lo que vas a comer mañana?
¿Pérdida de la capacidad de disfrute?: ¿comer se ha convertido en una especie de examen en lugar de un placer o un acto de nutrición?
¿Identidad y moralidad?: ¿sientes que eres "mejor persona" o más valioso los días que comes "limpio" y te sientes "sucio" o fracasado cuando no lo haces?
¿Necesidad de control?: ¿consideras que una persona que desee cuidar de su salud necesita controlar absolutamente todo lo que come, así como su procedencia, cualidades, método de preparación…?
Desde una perspectiva clínica, sabemos que los trastornos de la conducta alimentaria o las obsesiones con el cuerpo rara vez van "solo de comida". La comida suele ser la válvula de escape.
Cuando una persona experimenta caos en su vida (inestabilidad laboral, una crisis de pareja, traumas no resueltos o una autoexigencia desmedida), el mundo se siente como un lugar impredecible y hostil. Controlar milimétricamente lo que entra en el plato ofrece una falsa sensación de control y seguridad. El mensaje interno es: "No puedo controlar lo que pasa a mi alrededor, pero sí puedo controlar exactamente cada caloría y cada ingrediente que ingiero". El plato se convierte en un refugio psicológico, pero a un precio altísimo.
Redefiniendo la verdadera salud
La salud es un concepto integral. No sirve de nada tener una analítica de sangre perfecta y un físico atlético si tu salud mental está rota, si vives con un estrés crónico o si has tenido que renunciar a tu vida social para mantener una alimentación “adecuada”.
La verdadera salud incluye la salud social y emocional, y a veces, el estrés crónico y el cortisol que genera la ansiedad por comer "perfecto" pueden acabar siendo más dañinos para el organismo que comerse una hamburguesa de vez en cuando.
Recuerda la importancia de la flexibilidad para tu alimentación: la capacidad de romper la norma de vez en cuando ayudará a que no se rompa tu estabilidad emocional.


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