La "resaca" de septiembre

Hablemos de cómo asentar tu rutina sin entrar en piloto automático

10/16/20264 min read

Someone is checking items off a checklist
Someone is checking items off a checklist

Acabamos de dejar atrás el boom de septiembre, el mes de los "nuevos comienzos", de las agendas en blanco y de la sensación de que, con el cambio de estación, también nosotros debíamos convertirnos en una versión mejorada.

Es probable que hace unas semanas te hayas propuesto hacer más deporte, comer mejor, organizarte, aprovechar más el tiempo o descansar mejor. Pero con el paso de los días, una vez que la rutina se ha ido asentando, también es muy probable que la lista de propósitos haya chocado con la realidad.

Y está bien, porque quizá no necesitábamos un reinicio o un cambio radical. Quizá lo que necesitamos ahora no es empezar de cero, sino aprender a transitar nuestra rutina sin desconectarnos de nosotros mismos.

La diferencia entre tener una rutina y vivir en piloto automático

Cuando el verano termina, nuestro cerebro tiene que volver a adaptarse a un contexto de horarios y obligaciones. Una vez superado ese periodo de adaptación (habitualmente en torno a septiembre), nos enfrentamos a un riesgo mucho mayor: el piloto automático.

Tener una rutina no es algo negativo. De hecho, la rutina es la estructura que nos sostiene, nos da seguridad mental y nos ahorra energía. El problema no es la rutina, es el automatismo. Funcionamos en piloto automático cuando nos levantamos, trabajamos, comemos y dormimos sin registrar realmente lo que estamos haciendo ni cómo nos estamos sintiendo. Cuando esto sucede, parece que los días se solapan unos con otros y la vida se convierte en una lista de tareas por tachar.

En esta línea, lo cierto es que asentar la rutina en esta época del año debería consistir en crear una estructura que nos facilite la vida, no en subirnos a una rueda de la que no sabemos cómo bajar.

El problema de la autoexigencia y los propósitos irreales

Una de las trampas de esta etapa es pensar que tenemos que recuperar inmediatamente nuestro máximo rendimiento: queremos madrugar, entrenar, trabajar, estudiar, tener vida social y mantener la casa perfecta, por poner tan solo algunos ejemplos.

El problema puede aparecer al poco tiempo, cuando nos damos cuenta de que la lista de exigencias crece más rápido que nuestra energía. Cuando intentamos sostener de golpe todos esos hábitos, la rutina que pretendía ayudarnos a sentirnos mejor se convierte en una fuente enorme de estrés y frustración.

Sin embargo, podemos buscar otro enfoque, y es que no todos los propósitos tienen que convertirse en obligaciones. Un objetivo debería orientarnos, no convertirse en otra fuente de malestar. Por ese motivo, en lugar de castigarte pensando "ya he fallado, no he ido al gimnasio cinco días a la semana", puedes empezar por preguntarte: "¿qué cantidad de movimiento puedo incorporar de manera realista a mi semana actual sin agotarme?". En lugar de: "tengo que organizarme perfectamente para llegar a todo", quizá sea más útil "¿qué pequeño cambio haría que mis días fueran un poco más manejables?".

Este es el momento de decidir qué quieres conservar

Cuando pensamos en mejorar nuestra vida, solemos preguntarnos qué queremos cambiar. Pero hay otra pregunta igual de importante que solemos olvidar: ¿qué quiero mantener?

Haz memoria por un momento. Quizá durante el verano o en tus últimas vacaciones descubriste que necesitabas pasar más tiempo al aire libre, que comer sin mirar una pantalla te hacía bien o que desconectar del móvil mejoraba tu descanso. Ahora que la rutina ya ha vuelto a absorberte, es un buen momento para preguntarte ¿he renunciado automáticamente a todo lo que me hacía sentir bien?

No todo lo que ocurre durante los momentos de descanso tiene que quedarse allí; de hecho, algunas de esas cosas pueden y deben encontrar un espacio, aunque sea en pequeñas dosis, dentro de tu vida cotidiana.

Y quizá también sea el momento de soltar...

Como imaginarás, a veces, mejorar nuestra rutina no consiste en añadir más hábitos saludables, sino en quitar algunas cosas que ya no necesitamos sostener. Además, no todas nuestras obligaciones tienen el mismo peso: no todos los "tengo que" son realmente imprescindibles. Ahora que la rutina ya está instaurada y quedan todavía unos meses para terminar el año, no esperes para detenerte a observar y preguntarte:

· ¿Qué cosas de mi día a día hago por pura inercia?

· ¿Qué me está ocupando tiempo y energía sin aportarme nada?

· ¿A qué estoy diciendo que "sí" cuando en realidad necesito decir que "no"?

· ¿Qué me puedo dejar de exigir hoy?

No necesitas volver a ser quien eras

Después de un cambio de estación, podemos descubrir que nuestras necesidades han cambiado. Quizá aquello que antes te funcionaba para organizarte ya no lo hace. Quizá necesitas poner más límites, descansar de otra manera o distribuir tu tiempo de forma diferente. Por eso, en lugar de preguntarte cómo volver a ser "la persona de antes" o cómo llegar a ser una "versión ideal", puedes preguntarte: ¿cómo quiero organizar mi vida a partir de ahora con lo que tengo hoy?

No hace falta empezar de cero. Puedes partir de lo que ya sabes sobre ti, conservar lo que funciona, modificar lo que necesitas y avanzar poco a poco. Porque una rutina saludable no es aquella en la que consigues hacerlo todo. Es aquella que puedes mantener sin tener que olvidarte de ti para conseguirlo.

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